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Sin miedo a la muerte.

Hace ya más de diez años, acudí a la notaría con unos clientes para otorgar sus testamentos. Recuerdo como si fuera ayer el preciso momento en el que, firmadas ya las escrituras, salíamos por la puerta del despacho del Sr. Notario, y éste les espetó sin venir a cuento: "Bueno, señores, ya se pueden morir tranquilos" (¡!).

Nuestra relación con la muerte es un poquito más tensa y menos fluida que la que tienen, pongamos por ejemplo, en Méjico: allí, en cierta forma, celebran su llegada, festejan su aniversario, visten de color el momento y se ríen de ella -más o menos-. Quizá el Sr. Notario fuera de ascendencia mejicana, quién sabe.

No es preciso llegar tan lejos para reconocer que dar un paso adelante y otorgar testamento, especialmente, si no tienes descendientes ni ascendientes que te sobrevivan, es un acierto y no un presagio, sí una previsión valiosísima que evitará -en gran parte- que tus bienes y derechos acaben dispuestos de una forma muy distinta a la que te hubiera gustado y de minorar algunos costes vinculados a los trámites de tu herencia. Y no es tan difícil, piensa que cada día tomamos previsiones relacionadas con la muerte, por ser un hecho cierto e inevitable que, queramos o no, determinan muchos aspectos de nuestra vida, como también lo hacen otros sucesos menos ciertos pero posibles: por eso contratamos el seguro del coche, por lo que pueda pasar, aunque no nos paremos a pensar en ello.

Tampoco es necesario tener un gran patrimonio, me consta que hay quien no hace testamento porque "no tengo nada que dejar, ni una maceta". Por menos de un tiesto he visto discusiones familiares tras una muerte. Por esa hermana que fallece dejando a una buena amiga cuatro joyas de dudoso valor, que sus hermanísimos -sin contacto con ella durante años- creen que deben heredar. Aunque cierto es que un patrimonio abundante genera sus propios problemas: mínimo y fácil de solventar es que los hermanos o los primos o los padres y los hijos no se quieran mirar a la cara y haya que separarlos en cuatro salas de firma distintas para evitar que lleguen a las manos, más complejo es despejar de la mente de la viuda casada en gananciales el pensamiento de que "los cuatro pisos son ahora míos, de modo que yo me encargo de repartirlos según vea"...

Mil historias para no dormir, de las que casi todas pueden evitarse o aliviarse firmando un testamento.

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